Giuseppe conoce la cultura mexicana a través de plazas, museos e iglesias en la Ciudad de México

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La ciudad de las más interesantes historias como la azteca o maya, de los ricos tacos, de las bellas iglesias, de los mariachis y de la maravillosa y vibrante gente, Ciudad de México, fue el lugar a donde viajó llegó Giusepe, un joven de apenas 18 años. Le esperaba una gran travesía, pero no solo a él sino también a su madre, su gran compañía.

La noche de un sábado del mes de febrero, Giuseppe partió desde Perú al Distrito Federal de México. Con muchas expectativas de conocer la auténtica comida, él se encontraba entusiasmado junto a su mamá quien contagiaba más esa chispa. Después de seis horas, aunque eternas para ellos, llegaron al Aeropuerto Internacional Benito Juárez una mañana del día siguiente.

Encantados miraron los espacios de este lugar, bajando lentamente de avión, observaron el cielo tan resplandeciente, como si la Ciudad de México hubiera estado a su espera. Sus amplias zonas de estacionamiento, la moderna infraestructura y con la atención más cálida que uno pudo recibir, el joven se impactaba más cada minuto.

Su madre, solicitó un taxi para que los llevara al hotel donde tenían reservada una habitación. Entonces, vino uno de esos populares taxis verdes, como es usual verse por allá, como se ve en la televisión pero ahora era diferente, ahora estaba en frente de ellos. Mientras recorrían la zona en el auto, Giuseppe observaba y apreciaba las calles, y parques y pues como era de esperarse tomaba muchas fotografías, las que cada vez abundaban segundas tras segundo en sus redes sociales con miles de “likes”.

Llegaron al Hotel San Francisco, un enorme edificio de 14 pisos ubicado en la colonia centro Cuauhtémoc, con una zona alumbrada de luz amarilla en su primer piso, con un letrero que decía “Restaurante- bar”. El carro se estacionaba y el joven estudiante ya empezaba a imaginar lo rico que comería dentro, aunque no dudaba en probarlo afuera. Su madre sacaba las maletas y Jairo también. Inmediatamente se trasladaron a la habitación necesitaban ducharse, y desempacar. Más tarde, tomaron un breve descanso.

En la mañana, tomaron y comieron un contundente desayuno: pan dulce con una taza de café cargado y una exquisita tortilla hecha con pollo y queso. Fue la primera vez en que no solo su cuerpo traspasó fronteras, sino también su paladar. Lo que quedaba de la mañana les sirvió para arreglar sus cosas y alistar sus prendas que iban a lucir por la tarde.

Llegó la tarde y Giuseppe escuchó su alarma de celular donde aparecía un recordatorio diciendo: “Comida mexicana llega ya”, entonces no dudó en decírselo a su mamá. Como era de esperarse el chico no estaba solo allá, sino que tenía parientes que residían en el Distrito Federal. Su madre había recibido sus recomendaciones acerca del restaurante donde podían almorzar, pues era “El Califa de la Condesa”, uno de los mejores en la capital. Este quedaba en la misma colonia, iban a tardarse apenas veinte minutos en auto. Partieron.

Se sentaron y vieron la lista de comidas, Giuseppe pidió un platillo de enfrijolada mexicana que estaba hecha de frijoles negros, jamón, tortillas de maíz y una salsa de jalapeños, más conocido como el ají. Una rica barbacoa mexicana con pollo fue lo que su madre ordenó, teniendo como ingredientes los chiles tostados, granos de pimienta, aguacate o también conocida como la palta, y hojitas de culantro. De esa manera, disfrutaron la tarde acompañados de las jocosas rancheras.

Mientras el sol caía, ahora ¿qué les esperaba? Ahora, estaban yendo a la Basílica de la Virgen de Guadalupe, la insigne patrona de México. Al llegar, sintieron mucho fervor y devoción en a gente. Ingresaron y observaron detenidamente el estilo y diseño de sus columnas y paredes, antiquísimas pero con una historia por contar. Los mexicanos se arrodillaban para hacer su oración y rendirle culto a una majestuosidad religiosa. En sus manos caían sus benditos rosarios y escapularios.

Así fue como Giuseppe y su mamá presencia la fe de los mexicanos, grande y fervorosa. Llegaron al hotel, después de una pequeña jornada. Al día siguiente les esperaba un paseo nocturno por las calles del Centro Histórico en la avenida Juárez, a 40 minutos del lugar donde se encontraban.

Por la tarde del día siguiente, visitaron el Museo del Palacio de Bellas Artes, una gran construcción de raíces italianas, que tuvo una duración de 30 años. Se informaban con los murales que se veían en sus alrededores, el palacio había sido edificado sobre una plataforma flotante. Increíble, pero cierto. No había duda que está hecho con los mejores materiales de esa época.

Ambos no podían dejar de apreciar las butacas, el extenso teatro y su rojizo y brillante telón. Se sentían como si hubieran regresado a los años ochenta. Sin embargo, veían deficiencias en las paredes casi despintadas ya que tenían elementos decorativos donde aparecía “Apolo y las musas” y el mosaico de “La historia del teatro”.

Al anochecer visitaron la Plaza Garibaldi, un sitio muy famoso por ser el centro donde los mariachis se reúnen con su atuendo típico, muchos de ellos solicitando trabajo o tocando música para amenizar y calentar la fría noche. Este lugar tuvo mucha importancia cultural pues se valora la gastronomía mexicana y los bares donde la bebida más pedida es el tequila, así es como el joven y su madre no lo piensan más de dos veces y toman unas copas.

Se trasladaron a la colonia de Peña Pobre a visitar a su tía. Por las calles había poca gente. Ingresaron a su casa y los recibieron muy contentos. Esos minutos lo aprovecharon en descansar, pero sin ningún arrepentimiento alguno, pues la caminata no había sido en vano. Mañana marchaban a otro lugar hermoso, ¿cuál era? La ciudad de Miami. Aun sabían que muchas experiencias les quedaban por vivir.

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